Dejar De Lado El Placer No Sirve

Tras más de un siglo de dietas presenciamos una epidemia de obesidad, sobrepeso y cinturas "gordas". Frente a ello, lo recurrente es "hambrear" a la gente con dietas muy bajas en calorías, poco placenteras y nada sostenibles en el tiempo.

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06-08-2017

Las Dietas No Funcionan

El paradigma actual para el tratamiento de la obesidad siguen siendo las dietas de hambre. Aun así, estamos frente a una epidemia de obesidad creciente, que es hasta el momento imparable.

La comida en los campos de concentración

Existen claras evidencias de que ingerir muy pocas calorías interfiere en el funcionamiento normal de nuestro cuerpo y cerebro. Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis sistemáticamente dejaron morir de hambre y asesinaron a millones de personas en los campos de concentración que establecieron por toda Europa. Los prisioneros trabajaban como mano de obra esclava y recibían raciones inadecuadas de comida.

Se ha escrito bastante acerca de los efectos de la pobre alimentación en los prisioneros civiles de la segunda guerra. Uno de los informes más destacados son los realizados por los médicos judíos del gueto de Varsovia (Polonia) en 1940.

Estos casi 30 médicos decidieron documentar el proceso de su tan poca alimentación hasta su propia muerte. Cuentan que obtenían no más de 1.100 calorías por día, y que los más privilegiados podían obtener en el “mercado negro de comida” hasta un máximo de 1.700 calorías diarias, sin olvidarnos que trabajaban diariamente hasta quedar extenuados.

Los informes de otros campos de concentración describen que las comidas de la mañana y la noche, después que los guardias los contaran, consistía en una bebida que quería ser café y un pequeño trozo de pan, que normalmente estaba rancio y duro.

Al mediodía recibían una sopa aguada de nabo o repollo, a veces acompañaba con cáscaras de papa, cebollas, o carne de caballo. Por la noche, los prisioneros también recibían una mínima ración de queso, fiambre o margarina.

Los principales padecimientos y síntomas descriptos fueron anemia, fatiga, debilidad extrema, e irritabilidad y desgano. La supervivencia de los prisioneros muchas veces dependía de su propia habilidad para conseguir más comida sobornando a algún trabajador de la cocina o a un guardia.

 

Las dietas actuales

Muchas dietas actuales y rígidos planes alimentarios podrían ser consideradas “prisiones”, porque nos llevan a que cada vez que nos salimos de la jaula para comer algo que no está dentro de la dieta, nos transformamos en animales salvajes destinados a lo inevitable: comer compulsivamente como natural respuesta de supervivencia que pide nuestro organismo.

Las dietas actuales proponen el fin de semana con “plato permitido” (la comida de libertad), para luego retornar cuanto antes al mismo plan estricto de siempre.

Diferentes estudios muestran que la mayoría que inician voluntariamente un programa de descenso de peso (supervisado o por cuenta propia), muchos de ellos logran bajar más de un 15% del peso inicial, y que pasados los dos años de ese logro recuperan el peso inicial, e incluso lo superan.

La compulsión al comer justamente se da cuando uno se siente frustrado por no poder comer normalmente. El hecho de tener solo una comida de libertad, es lo que crea la sensación de falta de libertad y, en consecuencia surge el atracón.

 

Comer no es sólo comer

Comemos por razones biológicas, sociales y emocionales. Comer no es solamente un acto fisiológico, es también un evento psicológico. Comer produce placer, que además de las funciones tradicionales, disminuye el estrés.

Por tal motivo no es lo mismo comer día tras día lo que NO quiero, no deseo ni me gusta, que comer con gusto aquella comida que me produce satisfacción. Cuando la perspectiva es calabaza hervida, entonces una parte sana e inteligente de mí va a continuar deseando el momento de libertad.

¿Cómo es posible que hoy en día haya profesionales que prescriban dietas del mismo contenido calórico de aquellos campos de prisioneros (algunas de menos de 1.000 calorías diarias)?

¿Por qué aún hoy continúan vigentes planes de alimentación que se han utilizado para producir la muerte de personas?

¿Cómo es posible que personas instruidas e inteligentes se sometan a estas prácticas sin una cuidadosa mirada?

Es urgente una revisión de fondo en la comunidad de profesionales de la salud que se encargan del tratamiento de la obesidad, para producir los cambios necesarios.

 

Lo prohibido

Si todos los días de mi vida pudiera comer dulce de leche, cada vez que quiera, desde hoy hasta el día de mi muerte, entonces no voy a tener la necesidad de atracarme con él.

Cuando pasa a ser algo de todos los días, algo que no está prohibido, cuando comemos dulce de leche con la misma libertad que comemos un tomate, entonces pierde la magia que lo hace una comida especial, que por estar al alcance de nuestro paladar en cualquier momento, ya no tenemos necesidad de atracarnos con él. Aprendemos a reconocer la porción justa.

Las dietas nos regulan los horarios y las cantidades a ingerir. Nos hacen creer que somos incapaces de alimentarnos de acuerdo a nuestro hambre verdadero. Tener hambre es instintivo. Si dejamos a nuestro cuerpo en libertad, sentiremos hambre.

Es imposible vivir sólo a calabaza. Es imposible vivir contando calorías y tomando mucha agua sin pagar un precio. El precio es el atracón. El atracón es la expresión de una parte sana y libre que se rebela y decide comer como un ser humano normal.

Comer normalmente y sin miedo es comer lo que queramos cada vez que tenemos hambre, que no es todo el tiempo: es cada vez que tenemos hambre.

La libertad es lo que hago en cada momento de mi vida cuando decido, de acuerdo a mi hambre fisiológica (mi hambre real), qué voy a comer. La libertad no es elegir entre una manzana y un tomate. Comer de acuerdo con una dieta o con un plan no es libertad.

La nutricionista norteamericana Ellyn Satter tiene muchas propuestas para un cambio necesario en su sitio. Ella sostiene que es necesaria una mente diferente. Dice que el peso no es el punto: “lo central es sentirnos cómodos con nuestra relación con la comida”. Este concepto representa un cambio radical en el modelo del tratamiento de la obesidad reinante.

Cada vez que come: ¿Lo hace por hambre verdadero? ¿En qué parte del cuerpo reconoce sus sensaciones físicas de hambre?

¿Es habitual que se encuentre comiendo sin pensarlo? ¿Sin prestar atención a lo que está comiendo y a cuánto está comiendo?

¿Ha notado una mejoría en su salud logrando una relación más consciente y saludable con sus alimentos?

 

Fuente: Clarin

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